31/7/11

Al palo.

Carlos se sumergió en su yacuzzi. Viernes por la noche, lo mejor de la semana. Su delivery de sushi llegó a tiempo y lo saboreó despacio mientras miraba un partido de la NBA en su TV led de infinitas pulgadas. Luego de la cena abrió un Cabernet-Merlot del 2002 y encendió un puro cubano. Los pensamientos lo fueron llevando hacia cuestiones placenteras. Recordó su hoyo en uno en el torneo de golf y la erección que ese hecho le produjo en pleno green. Se rió. Por la tarde y antes que se dieran a conocer ciertas medidas para favorecer a la actividad agropecuaria hizo una compra millonaria de acciones. Ganó una fortuna y volvió a tener una erección. Sorbió lentamente el buen vino y paladeó en su boca el aroma del puro. Recordó nítidamente cuando fue a la concesionaria a última hora de la tarde para retirar su nueva coupé. Manejando por la autopista hasta su pent-house a casi 200 km por hora apenas pudo soportar la presión de su miembro en el pantalón. Miró el reloj. La una de la mañana. La noche recién comenzaba. Buscó a través del enorme ventanal con su telescopio alguna vista excitante. Se detuvo unos minutos en una pareja que cogía sobre la mesa de una cocina desordenada. Otra vez la erección. Se sirvió otra copa. Encendió su notebook y chequeó su correo. Un par de mensajes insípidos con títulos grandilocuentes, algunas cadenas falsas y un mail de su médico. Lo abrió ansioso.  "Carlos, los análisis te dieron perfectos. El hecho de que no tengas erecciones con una mujer no es una cuestión médica, te sugiero hacer una terapia". Cerró el correo enojado y entró a ese chat de solos y solas que le recomendaron.

26/7/11

Odio ciego

Raúl había quedado ciego luego de un accidente. Ciego. Él no aceptaba el término "no vidente", como si a alguien se le ocurriese llamar "no hablante" a un mudo, decía siempre. Su vida empezó a resbalar hacia la apatía, luego al  resentimiento.  De familia acomodada vivía de rentas en un amplio departamento al que solo dejaba entrar a su hermana, una lesbiana de pocas palabras pero muy cariñosa. De hecho, era ella la única con la que ocasionalmente conversaba y la que se ocupaba de todas sus necesidades. Su otro contacto con el mundo era su vecina. Pero este era un contacto a través de las paredes ya que él, con sus sentidos agudizados, escuchaba todo lo que pasaba en el departamento lindero. Sus conversaciones, sus encuentros sexuales, sus llantos, eran grabados prolijamente en su memoria. Había comenzado a odiarla. Primero de una forma pasiva que luego se fue convirtiendo en una autoflagelación. La muy hija de puta corría. Carreras, maratones, a pie, en bicicleta, nadando. Todo lo que a él le estaba vedado. Sí, sabía de ciegos que corrían pero eso no le movía un pelo. Él quería correr y ver, no ser un fenómeno. La muy hija de puta cuando no corría, cogía. Eso sí lo tenía grabado a fuego. Sus gritos se le hacían insoportables. Ni su hermana que venía un par de veces por semana sabía  de estas cuestiones. El odio lo fue cegando, de otra forma, claro. Su vida detrás de la pared, en silencio, escuchando y odiando.
Fue así como se fue cocinando la idea de matarla. Fue así como lo planificó pacientemente averiguando detalles del departamento interrogando a la hermana. Fue así como se sintió vivo nuevamente. Una noche de verano, cruzándose a su departamento por el balcón, la esperó con un cuchillo en las sombras. No tuvo incoveniente, todos los departamentos del edificio eran iguales, solo un par de muebles lo complicaron. Finalmente ella llegó pero estaba acompañada. No le importó, estaba obsesionado. Necesitó más violencia y más puñaladas. En la oscuridad se abalanzó lleno de furia, enceguecido (me permito la redundancia). Dejó dos cuerpos muertos en un charco de sangre y volvió a su departamento donde limpió todo en forma meticulosa. Esa mañana iba a pasar su hermana y no quería dejar nada al descubierto. Pero no pasó, su cuerpo muerto no atravesó la pared desde el departamento de al lado.

20/7/11

Confesiones de invierno

Despertó con un creciente dolor de cabeza. Se descubrió en una sórdida habitación atado a una cama, sólo una luz cansada y un enorme reloj con hora, día y mes. La cabeza se le partía y no podía formar una hilación de pensamientos que lo llevara a explicar este presente. No tenía mucha movilidad por lo que empezó a gritar con todas sus fuerzas. Fue inútil. Durante horas solo logró arruinar su reseca garganta y aumentar el dolor de cabeza. Fijó su vista en el reloj. 31 de  marzo, se podía leer. Las doce y cinco. Entonces se dio cuenta. El reloj iba para atrás, el segundero giraba al revés. Doce y tres minutos. Estaba atónito. Las doce. Un ruido y el reloj marcó 30 de marzo. Se abrió la puerta, entró un viejo alto con un delantal blanco y durante diez minutos y sin responder a ninguna de sus preguntas le dio de comer y beber. Así como entró, se fue. Las once cincuenta y cinco. El tiempo decididamente iba para atrás. La comida debía contener algún sedante porque se sintió flojo y se volvió a dormir. Tuvo pesadillas donde la sangre era  figura central. Despertó sintiéndose culpable de algo. Ese día la misma rutina, los gritos, el maldito reloj- ahora marcaba  29 de marzo- el viejo y la comida. Así durante días en los que creyó estar severamente loco donde se repetían una y otra vez los malos sueños, la sangre, la culpa. 17 de marzo. Esta idea de que el tiempo se movía hacia atrás era lo más alienante. De pronto se conmovió. El 16 de marzo era la fecha del cumpleaños de su mujer. Ayer......o mejor dicho ¡¡ mañana!!. Su cuerpo se contrajo y su cara se desfiguró. Comenzó a gritar desesperado ya con las cosas completamente claras. Gritó una y otra vez con alegría. -No la maté todavía!! Todo fue una pesadilla que soñé !!-. No provoqué un río de sangre en su cumpleaños, pensó exaltado. Cuando el viejo de delantal  entró a la habitación lo encontró con cara de alivio y suplicante,  miró el reloj  y luego dirigiéndose hacia afuera dijo -Acaba de confesar, muy buen truco, como siempre, Dr. Perel-

15/7/11

Julia y Julio, en julio. (refrito en Julio)

¡¡Si me dejás me mato, te juro que me mato!!-gritó Julio desde la habitación. En la cocina, Julia cerró los ojos, tragó saliva y siguió cocinando. No, no iba a caer una y otra vez en la estúpida encerrona. Durante años que fueron siglos escuchó esa frase, durante siglos que solo fueron años corrió a abrazarlo. -No te voy a dejar-, le decía una y otra vez. Pero bastaba con que Julia tuviera una actividad  propia para que Julio volviera a extorsionarla. No aguantaba más. Nunca le fue infiel aunque hubiera debido serlo. No aguantaba más. Arrodillada mentalmente ante su reproche. No aguantaba más. -Escuchasteeeeee, si me dejás me mato, Julia. -Y no estoy jodiendo-nuevamente la voz aguda de Julio le taladraba los tímpanos. Ella cortaba verduras por fuera y se quedaba sin alimento por dentro. Hasta que se cortó con el cuchillo y se le escapó el grito ahogado -Maaaaaa  si, matate. Enfermo de mierdaaaaaaaaaaaa.- Se dirigió al baño en busca del botiquín y en el medio del living el cuerpo lanzado de furia de Julio, la hizo caer. El continuó su loca carrera hacia el balcón, y se tiró al vacío. Ella notó el frío que entraba por la ventana abierta de par en par. -Claro, estamos en julio-pensó. Encendió su computadora con el dedo lleno de sangre, entró a Facebook y escribió en su muro : "Julio se suicidó". A continuación  "a  mi me gusta esto". Y se sentó a esperar a la policía.

11/7/11

Pecado Mortal

-No me digas que nunca se la chupaste a tu marido-escuchó Cecilia y se sonrojó. No respondió y cambió de tema. Cecilia tenía un problema con lo sexual. Alumna de un cerrado colegio de monjas se puso de novia con Carlos cuando estaba en tercer año. Su primer y único novio que cerca de los treinta y de puro aburrimiento se convirtió en su marido. Tenía clavado en su cabeza todo el repertorio de lo que es pecado y lo que no, de lo que podía hacer y lo que no. Asistía a misa y colaboraba en la parroquia. De placer, ni hablar.
Carlos estudió en un colegio de curas y estuvo a punto de tomar los hábitos (¿serían los buenos o los malos hábitos?) pero conoció a Cecilia y abandonó la idea. Para el sexo era puntilloso y algo histérico. Lo practicaba como si fuera una obligación. Acompañaba a su mujer a misa y luego jugaba al fútbol en un equipo de ex-alumnos. De placer, ni hablar.
La empresa donde Carlos trabajaba como analista de sistemas lo envió en un viaje de cuatro días a la casa matriz en Suecia. Durante ese viaje Carlos experimentó ciertos cambios y en la soledad de las frías noches de Estocolmo comenzó a visitar páginas pornográficas en internet y a chatear en espacios de solos y solas. Su nick era Sade42 y la masturbación en esas charlas fue moneda corriente. Si bien se le aparecieron ciertas contradicciones con su educación, disfrutó a más no poder de las experiencias. Durante el día no podía dejar de desear que llegue la noche. Había encontrado una mujer que lo volvía loco con su lascivia.  Los días se pasaron rápidamente y llegó la hora de volver.
Cecilia lo fue a buscar al aeropuerto y en el viaje a casa le preguntó: -Carlos......¿ ya sabés si te van a volver a mandar de viaje? -No sé, Cecilia ¿por?- respondió.  -Nada, para saber- dijo ella mientras pensaba que sería bárbaro que tenga que viajar más seguido. Su  Gatita_caliente38  podría reencontrarse con Sade42.

5/7/11

Día de perros

Sergio tenía debilidad por las frases célebres. Por eso cuando leyó que Einstein había dicho que repetir siempre los mismos actos y esperar resultados distintos era el primer paso hacia la locura, no dudó un instante y a partir de ese día hizo varios cambios en su rutina. Para empezar, cambió la línea de colectivo con la que iba a la oficina. Tendría que caminar un poco más pero no le importaba. El primer día del cambio no lo iba a olvidar el resto de su vida. Era un lunes. Cuando dobló la esquina para llegar a la parada, en una casa que parecía abandonada,  lo vio. Un perro hermoso asomándose por una derruída ventana. Se acercó para mirarlo cuando de pronto el perro le habló: -¿Qué mirás, puto? Sergio, totalmente sorprendido, miró para todos lados y no pudo ver a nadie más. Solo el perro y él. Se le hacía tarde y era un tipo puntual por lo que dejó las dudas para otro día. Pasó la semana y no volvió a verlo. Pero el lunes siguiente, al doblar la esquina, nuevamente estaba en la ventana. Se acercó y el perro volvió a hablarle: -Flaco, vos no sos más boludo porque no tenés tiempo...rajá gil-. Era demasiado, comenzó a tocar timbre en la casa una y otra vez hasta que, molesto, el perro dijo:  -El rengo es sordo, pelotudo-.  Como la puerta estaba abierta se metió en la casa. En la cocina se encontró con un hombre viejo que efectivamente rengueaba y era un poco sordo. Para ese momento Sergio ya había decidido faltar a la oficina y se tomó todo el tiempo para develar el misterio. El hombre le contó que varias personas le habían comentado que el perro hablaba, pero que como él no lo escuchaba, nunca le dio importancia. A partir de esa conversación con el hombre más algunas charlas con el perro, Sergio decidió renunciar al trabajo y dar rienda suelta a su ambición pensando que si lograba llevar al perro a la televisión podría ganar fortunas. Pero el animal sistemáticamente se negaba diciendo: -Ni loco voy a la televisión pibe, dejame de joder las pelotas.
Sergio era persistente y además había leído esa frase que dice que el tren pasa solo una vez en la vida y hay que subirse como sea. Logró que el sordo convenciera al perro y programó una reunión con la productora de un canal importante. A cambio, el perro le pidió diez mil dólares de anticipo.
Finalmente el día llegó y Sergio desbordaba de ansiedad. Pidió un taxi para pasar a buscarlos y al doblar la esquina.....(acá me detengo un momento, creo que tanto uds, como yo a esta altura pensamos que el sordo y su mascota deberían estar bien lejos con la guita, pero no ).....los vio en la puerta preparados para el momento.
El ridículo que hizo Sergio ante los productores fue gigante. El perro jamás dijo una palabra. Es más, casi muerde a una secretaria.  En el taxi de vuelta no podía consolarse y se maldecía a si mismo por su papelón.
Le gritaba una y otra vez al perro que parecía estar en otro mundo. Al llegar, harto de las recriminaciones el perro volvió a hablar: -Disculpame, pibe, no tenía ganas de hablar. ¿O acaso nunca tuviste un día de perros, boludo? -¿Y la guita?-preguntó Sergio. - Me la gasté en putas- respondió el can antes de meterse en la casa.


Dedicado a Sergio T.